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Diario breve de nuestro voluntariado en la India

Con idea de compartir esta gran experiencia os cuento como fue nuestro viaje y nuestro trabajo allí.

La llegada, aunque hayas viajado más veces a la India, es siempre un golpe para los sentidos: luz, color, calor, polvo, ruido, y miles de olores sin catalogar para un occidental. Por encima de todo, la energía vibrante y las ganas de vivir.

Tras tres días de periplo conseguimos recalar en Ganga Learning Center, un edificio sencillo de dos plantas a las afueras de Varanasi. En el semisótano, algo oscuro pero muy fresquito, trabajan las costureras en horario de 8 a 15. Cosen pantalones, bolsos de patchwork, camisas korta, vestidos, saris… Suneeta, su profesora y mentora, las acompaña, les enseña a coser y corta los patrones. Tardé un par de días en darme cuenta del liderazgo y la fuerza de esta mujer de pocas palabras. Es gracias a ella, según reconocían la mayoría de las mujeres, por lo que se habían animado a salir de sus casas para ir a trabajar fuera. Algo poco común para sus costumbres.

Su horario coincide con el horario escolar de sus hijos. Los más pequeños (de 3 a 6 años) están en la primera planta con Ritu, su profesora. Una mujer cariñosa y de carcajada fácil que enseña a los niños yoga, inglés, lectura y escritura. Todo de forma fluida y alegre, con juegos y mucho cariño. A las 12 llegan de la escuela primaria los hermanos mayores y se suman a la clase y a la comida del centro.

No he visto niños más alegres, educados y felices. Fueron muchas las cosas que me llamaron la atención. A primera hora hacen yoga y relajación, actividad que todos siguen en silencio y concentrados. De 10 a 12 tienen clase. Coinciden en el mismo grupo niños de 3, 4, 5 y 6 años. A pesar de la diferencia de edad, no se molestan entre ellos, al contrario, se ayudan y enseñan unos a otros. No hay pizarra ni pupitres, y la verdad, tampoco parece que hagan mucha falta. Cada uno tiene un cuaderno y una pequeña mesita de plástico sobre la que apoyarlo. Podéis verlo en las fotos. El menú apenas varía: arroz con un poco de verduras en salsa y ese delicioso pan indio sin levadura. No vi a nadie quejarse por la comida o dejarse una sola miga en el plato. Los profes y voluntarios comíamos lo mismo y a la misma hora que los pequeños. Un momento agradable de descanso y charla relajada.

En una pequeña sala hay un ordenador que dos veces a la semana les sirve para conectar por Skype con una profesora británica que también colabora de forma voluntaria dando clase desde Inglaterra. Prem, otro profesor del centro (misma tipología que Ritu, en lo que a buen humor y entrega se refiere), codirige esta clase y ayuda en la escuela en los ratos en los que no está en la tienda.

Durante los días que estuvimos allí, colaboramos en las clases diarias y con cualquier tarea en la que pudiéramos ser de ayuda. A pesar del calor, las horas con los pequeños transcurrían sin que nos diéramos cuenta. 

De 13 a 14,30 yo tenía clase con las mamás de los niños, las costureras del centro. Hablamos del cambio, de la zona de confort, de la importancia de su papel para sus familias y sus hijos. Hasta se animaron a vender. Aprendieron a mostrar sus productos, a preguntar a los clientes y a rebatir objeciones. Todo gracias a la inestimable ayuda de Prem que traducía del inglés al hindú para que ellas y yo pudiésemos entendernos (solo tres de ellas hablaban inglés). Me llevo de ellas una lección de vida: la felicidad no depende en absoluto de lo que tengas, sino de cómo lo mires.

No tengo muy claro cuánto les hemos dejado allí, pero si se que nos trajimos: el ejemplo del trabajo sencillo, sin declaraciones ni alardes, de la entrega y el buen hacer, de la grandeza de lo pequeño.

¿Y ahora qué? Muchas ganas de volver y unas cuantas ideas para seguir colaborando desde aquí: vender sus productos en España, buscar otro profesor voluntario para las clases por Skype…

Cualquier idea o ayuda es bienvenida.

Os seguiremos contando.